La ‘Trilogía de la Oscuridad’, entretenida pero poco original incursión narrativa de Guillermo del Toro

Si hace poco me daba por polemizar en torno a esas películas que son presentadas por nombres de culto, existe un fenómeno similar en el terreno literario. Vamos, directores o actores que se lanzan a escribir libros, cosa que por otro lado no es malo, por raro que a priori suene que un artista navegue por aguas distintas a su vocación. Pero la expresividad artística no sabe de fronteras gremiales y es de entender que autores renacentistas y dinámicos decidan meterse en camisas de muchas varas. Después de darle una oportunidad a ‘Una tarde de perros’ a pesar de mi reticencia a leer lo que negros literarios le han escrito a actores de renombre (en el caso de Hugh Laurie, reconozco que el suyo, escrito por él o por otro, no me dejó mal sabor de boca), no me ha dado tanto reparo hincarle el diente a la historia de vampiros que ha gestado Guillermo del Toro junto con su amigo Chuck Hogan. La ‘Trilogía de la Oscuridad’ no es la típica fábula de chupasangres al uso y a pesar de caer en medio de la explosión vampírica teen de ‘Crepúsculo’ y ‘Buffy Cazavampiros’, resulta interesante y estimulante para el lector que por un lado disfrute de este tipo de crónicas de sangre y por otro, si lo que busca es una lectura tensa e inquietante por el simple hecho de pasar un buen rato frente a unas páginas que perfectamente podrían ilustrar una novela o un guión de cine. Del Toro es perro viejo y lleva su esencia cinematográfica impregnada en cada uno de sus capítulos.

La trilogía se abre con ‘Nocturna’ y se cierra con ‘Eterna’, tal vez los tomos más interesantes, el primero por su puesta en escena y el último por el ritmo trepidante que ofrece, a pesar de los clichés y los desenlaces facilones.

El aterrizaje de un avión en el aeropuerto JFK  de Nueva York, en el nadie responde, con el que la torre ha perdido el contacto por radio y en el que aparentemente no parece funcionar nada eléctrico ni haber vida en su interior, pone al lector en el camino de lo que se va a encontrar. La seguridad nacional post 11-S pone en alerta a todas las fuerzas del orden de la ciudad y lo que encontrarán al entrar en el aparato no va a relajar su inquietud. O al menos no la de todos. El libro le da un primer toque a la burocracia obsoleta y pusilánime, como antesala del servilismo que después vendrá. La raza humana debe entregarse o luchar, una disyuntiva muy actual, trasladando vampirismo al entorno social de nuestros días.

Sólo Ephraim Goodweather y su compañera en el CDC Nora Martínez, parecen tener la mosca detrás de la oreja. Así, todo el pasaje y tripulantes del avión son dados por muertos, se aplica el protocolo de enfermedades contagiosas para establecer el virus que lo ha causado y casi de seguido, a falta de pruebas, el extraño incidente parece que se va a ir por el desagüe de los casos sin resolver. Pero ahí es cuando estalla todo.

Un ocupante del avión no está muerto y antes de que todos se den cuenta, su reinado de terror y muerte irá cogiendo forma. Frente a él, un pequeño grupo de rebeldes que pretenden la salvación humana aunque lo tengan todo en contra, hasta a su propia especie. Junto a Eph y Nora, el profesor Setrakian (un superviviente del holocausto judío que conoce de primera mano los horrores de los que es capaz el strigoi), Vassily Fet (un exterminador ruso, de plagas, no asesino a sueldo), el pandillero mexicano Gus, Zack el hijo de Goodweather y un largo repertorio de personajes, algunos estereotipados y otros no tanto.

Desde ese momento y hasta el final de la historia, asistiremos a una batalla mortal por la supervivencia en la que vemos como un virus letal se transforma realmente en lo que es, el vampiro más sanguinario sobre La Tierra, uno de los 7 que viven aletargados y que ha decidido extender su control sobre el planeta y convertir a la población mundial en su comida y la de su incipiente ejército de no muertos.

La novela naufraga estrepitosamente en ciertos aspectos, como la conceptualización de cánones de estilo y réplica de ciertos elementos comunes a la mitología vampírica, por no mencionar la adaptación (fusilamiento literario) de ciertos pasajes imperecederos de la cultura popular de los chupasangres.  La teoría de estirpe evolutiva de vampiros (‘Blade’) y la estética subterránea (‘Mimic’), bien parecería que Del Toro estuviera haciendo cacofonías de su propio argumentario visual.

Sin embargo, y digo este sinembargo con mucho afecto por el resultado final del libro, no es todo tan chabacanamente imitativo.

La premisa del virus contagioso y la escenografía de películas de catástrofes por pandemia, permite que la historia discurra por unos derroteros que al menos, pese a las fotocopias del Vlad de Bram Stoker, del incansable Van Helsing, del burócrata de turno, sorprende y hace muy entretenidas todas las subtramas y la evolución lógica de cada uno de los tomos.

Resulta estimulante también la historiografía que se realiza del mito del vampiro, de su creación, trasgrediendo las fronteras entre ángeles y demonios, cielo e infierno, bien y mal.

Si os acercáis a la trilogía por vuestra admiración hacia el director mexicano, os deparo una decepción tremenda, a pesar de que el imaginativo universo de Guillermo del Toro esté presente. Preeminente no, pero si presente. Sin embargo, si la derribáis de un plumazo del altar mediático de su co-creador, os encontraréis con un libro de aventuras y acción, muy fácil de leer gracias a su estructura claramente cinematográfica y la fidelidad visual que impregnan cada una de sus descripciones. Seguramente os parezca que estéis viendo una película. Seguramente, muchas escenas os suenen del cine. Más que una recreación de homenaje sirve como facilitador de lectura y comprensión de escenarios.

No es la mejor novela de la década, pero si sois aficionados a la literatura vampírica seguramente disfrutaréis de una historia con matices comunes pero con transiciones estimulantes hacia un cruce de géneros que sobrepasa la cultura clásica de los vampiros.

Vic FS

desde Madrid



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