Música electrónica: aún no apaguéis las máquinas

Me he impuesto ser breve. Veremos.

Finales de los 70. Los sintetizadores son usados preferentemente en dos ámbitos: la música experimental del más puro rango (John Cage, Monte Cazzaza), empeñada en probar con sus sonoridades y el rock progresivo o sinfónico, que los utiliza para crear determinados ambientes algo ampulosos (EL&P, Yes).

Aunque hay dos bandas, las dos en Alemania, que han tomado caminos diferentes a esos: Tangerine Dream, que opta por un uso más cósmico y planeador de los sintetizadores y Kraftwerk, que apuestan decididamente por integrar máquinas en composiciones que tienen un fuerte componente pop.

Primeros 80. La influencia de Kraftwerk se generaliza y se mezcla con el componente ligeramente do it yourself de ciertos grupos de la New Wave que han empezado a incorporar teclados a sus formaciones como Magazine, Ultravox!. Tras un escarceo en falso a través del movimiento new-romantic, el tecno-pop explota. La lista es interminable: Depeche Mode, Soft Cell, OMD, The Human League, Tears for fears, Visage. Son grupos que ya basan su sonido en el uso de sintetizadores en sustitución de las guitarras.

Una pequeña elipsis – de alguna manera esos discos llegan a USA y rápidamente son absorbidos por una escena en ciudades industriales en decadencia: Detroit, Chicago, y también en los  clubs de NY. Se mezcla con las cenizas del sonido disco, con el musculoso y exitoso p-funk de Clinton o Funkadelic, se asimila y nace el techno (con h) de Detroit.

Segunda elipsis – el techno vuela de vuelta a Inglaterra, donde la juventud azotada por los últimos coletazos del thatcherismo lo adopta rápidamente como una especie de nuevo punk, más de una década más tarde del primer punk y donde el fenómeno de clubs explota en Manchester, en Bristol, acompañado de factores que lo potencian: apoyo de una industria discográfica que sabe que el rock se ha adormecido y domesticado, apoyo de la industria del ocio que ve que los clubs pueden convertirse en nuevas catedrales de negocio,  apoyo de la industria de los narcóticos que ha diseñado drogas orientadas a que la gente aguante horas y horas de diversión extenuante, apoyo de la prensa que no puede vender periódicos si no salen nuevas estrellas de vez en cuando.

Así que en esos últimos 80 y primeros 90 el estallido es absoluto. Es un estallido tan cegador que hay quien se atreve a decretar la muerte del rock, a instaurar el techno como el sonido que lo va a anular y sustituir, merecidamente, pues efectivamente el rock se ha vuelto aburrido, se ha vuelto burgués y predecible y su espíritu se ha trasladado y se ha apoderado de esos jóvenes convulsos, ataviados con camisetas de colores chillones y acompañados de su sempiterna botella de agua.

Aunque sea una etiqueta que aglutina fenómenos de lo más variado, la dance music es el nuevo rock’n’roll. Error: la dance music sería el nuevo rock’n’roll si el entorno hubiera sido exactamente el mismo. Porque que sean jóvenes y consuman drogas y tengan cierta angustia existencial no es exactamente lo mismo.

Finales de los 90, inicios del milenio. El mundo está dominado, no sólo los géneros y sus ramificaciones (trip-hop, jungle, house, techno) campan a sus anchas, sino que incluso los grandes grupos del rock indie han comenzado a procesar su influencia. La música comercial, el mainstream, ya la ha incorporado hace una eternidad: las remixes, las versiones extendidas para baile, las tomas alternativas empiezan a tomar el cuerpo de auténtica plaga.

Ya está: dije plaga.

Sobre los primeros años del milenio (o del siglo o de la década) el movimiento empieza a acusar signos de agotamiento. Motivos variadísimos, apunto unos cuantos: los grandes grupos del movimiento (Underworld, Orbital, The Chemical Brothers) empiezan a publicar discos que dan auténtica pena, parece que se hayan puesto de acuerdo sus talentos en irse juntos de vacaciones a algún lado ignoto. Está claro que la industria empieza a dar la espalda buscando algo que represente una novedad. Los medios que daban cobertura al movimiento, muchos de ellos antiguos fanzines reciclados, empiezan a dejar de ser rentables, bien porque la remisión ha ocasionado la pérdida del interés del público y los anunciantes, y cierran, bien porque ensalzar siempre a los mismos no cuela ya. Permanecen las publicaciones más orientadas al público profesional: disc jockeys, básicamente. Ese caldo de cultivo implica algo terrible: que los adolescentes que hace años querían ser estrellas del rock y después músicos electrónicos ahora quieren ser DJ’s, pues empiezan a pensar que, ya puestos, ni siquiera hace falta más que tener un cierto criterio. Pensad en ello: pensad en el hijo de la Pantoja haciendo de DJ.

Si os habéis repuesto del susto, sigo.

A nivel global o a nivel local, a partir del año 2003-2004 pasan todas esas cosas juntas. Además, la música electrónica también recibe el castigo de la fiebre de las descargas, aunque, si lo pensamos a fondo, la música de baile no tiene  ningún entorno de disfrute comparable al de un club, con el volumen a tope y repleto de gente bailando. Por tanto, en algo más de diez años el impacto novedoso ha quedado absorbido y neutralizado. El talento de los músicos que encumbraron el movimiento se ha secado. El dinero sobre la mesa se ha batido en retirada. Los artistas comerciales han cogido lo que les ha convenido: remezclas, trucos de producción, adocenamiento del sonido. Todo ello, además, disuade a los músicos en ciernes, a esos jóvenes que se plantean usar sintetizadores o programas de edición musical porque es más rápido obtener resultados que con una guitarra. Como no hay dinero para productores ni ingenieros de sonido y, encima, la sociedad de la época es una sociedad individualizante, todos piensan que pueden ser Aphex Twin: los músicos más destacados, escondidos bajo pseudónimos o nombres de grupo, siempre son tipos solitarios que cubren el proceso básico de composición, concepción y grabación prácticamente en los dormitorios de sus casas o las de sus padres: Four Tet, Caribou / Manitoba / Daphni, Toro y Moi, Flying Lotus, ItalTek. Entonces, cuando es un tipo en solitario quien pone en el mercado un disco (un mercado que, en potencial de compra, se ha convertido en una auténtica birria), en el proceso de su creación rara vez ha intervenido más que él mismo, le ha hecho la portada un amiguete que es artista, se ha autoproducido y, como hay que llenar el espacio antiguamente equivalente a un CD de música, ha metido 15 o 18 canciones sin ningún criterio de calidad. Nadie ha estado a su lado para contrapesar su opinión. Total con cuatro duros produces un disco y lo cuelgas en la red.

En fin, sólo quería echar un poco de luz sobre algo que me entristece. A mí, que crecí con ‘Dare!’ de The Human League y ‘Non-stop erotic cabaret’ de SoftCell.

Pero dejadme un último párrafo: en algún punto los DJ’s, figuras de enorme importancia en esta evolución, dejaron de ser fanáticos de las música que custodiaban maletas conteniendo temas que sólo ellos tenían, para ser neo-macarras que sabían que los aledaños de la cabina se llenaban de chicas y de champán y de drogas caras. Esos DJ’s que sacaron el foco de la música y lo pusieron sobre el hecho de pinchar, tienen su culpa. Las sesiones dejaron de ser experiencias que, casi, se oficiaban, para ser meras secuencias de apuestas seguras por llenapistas. Comparad las sesiones de Paul Oakenfold, o esta maravilla de Jamie XX, con el patán de David Ghetta. Veis.

Francesc Bon

desde Barcelona



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