Zaz, la dulzura envolvente de una voz quebrada

Cuando hace un par de años más o menos, navegando por You Tube buscando vídeos de grupos que me fueran llamando la atención (cosa que cada vez hago menos), encontré casi por error un vídeo de jazz callejero en París, no sabía que estaba ante uno de esos diamantes en bruto por descubrir. Pero aún así, sin conocer el potencial que había en ese video amateur, le pegué una escuchada rápida, que necesitó de una segunda y de una tercera, cuando le mostré el vídeo al primero que pasó en ese momento por la oficina. Estaba hechizado con la voz a medio romper de Zaz, una chica que descubrí antes de que fuera una estrella. Pero yo no lo sabía.

Zaz embelesando con su voz el barrio Montmartre

No es que tenga instinto de promotor musical, a la caza de talentos, pero enorgullece el oído cuando compruebas que algo que escuchaste hace tiempo estaba abocado a ser deleite de muchos. Pero más allá de la anécdota, que parece lo importante, conviene posar la vista, o más bien el oído en esta joven vocalista que ha sustituido las tardes en las aceras de Montmartre por los escenarios de festivales atestados de gente. Una progresión meteórica para una voz que embelesa desde la primera nota que apunta. Y eso es lo importante, verdaderamente.

Sutil, como un ronroneo de corte áspero pero envolvente, con la herencia manifiesta de la chanson française pero bifurcando la tradición con destellos de gypsy jazz y música zíngara, su puesta en escena es natural y embaucadora. En su repertorio no puede dejar de rendir homenajes a Edith Piaf o incluso sentir latidos de música folclórica española para diseminar perlas jazzeras de unos músicos potentes, coherentes, .

Cuando vi aquel vídeo, Isabelle Geoffroy (aka Zaz) conversaba en un bar, antes de salir a cantar a la calle. Su voz, quebrada en un punto de emoción contenida que se desata a medida que los compases del contrabajo nos adentran en la oscuridad de un género que huele a humor de bar y a noche de música. Tal vez su candidez, o su mirada sin recelos, pero por hacer honor a su mayor expresividad, su rasgado y sinuoso lenguaje, el canto de un espíritu libre, experimental y trotamundos, algo había en aquel vídeo de lo que uno se quedaba prendado.

Zaz jugando con su público
© AFP

Han pasado dos o tres años de aquello y aunque el reconocimiento le vino muy poquito después (premios, críticas, ventas…) y yo tampoco pretendo venir ahora a apropiarme del descubrimiento que seguramente hicieron otros muchos antes que yo, si he tenido que echar la vista atrás hace poquito, cuando he vuelto a caer de forma casual en los brazos hipnóticos de su canto, en un dvd en directo de su paso por el Festival de Paleo en Suiza, echar mano del recuerdo al verla cantar ante miles de personas en un escenario abarrotado de músicos y con una ladera de monte entera rendida a sus pies. Rememorar cuando la vi cantar por primera vez, ante menos de veinte personas, con un sombrero raído en el suelo y una recaudación media de 60 euros por día.

Eran otros tiempos y no seré yo quien empiece a echar pestes de lo que se vuelve comercial. Al contrario, que gusto que propuestas tan entusiastas y refrescantes, tengan cabida en un éxito global. Che, Zaz, que bueno que viniste…

Os la propongo como yo la conocí, a golpe de cambios de ritmo jazzeros, en plena calle, como si estuviera empezando y solo cantara para vosotros. Descubrirla y luego hablamos…

Vic FS

desde Madrid



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