Alt-J, diferentes para bien o para mal

Manos de topo: quién podría mencionarlos sin hablar de esa voz. No sólo ellos, a veces, ciertas voces tienen un efecto tan distintivo sobre la música en que se presentan. El plasta de Sting, los acabadísimos Pet Shop Boys, los hace tan irreconocibles que te postra a los pies de la más cruel disyuntiva: el amor o el odio. El amor irredento o el odio visceral. Es el primer efecto con relación a Alt-J. Hablamos de una voz que, aunque no todo el rato, ni en todas las canciones, presenta una cualidad extraña, desconcertante. Bueno sí, de acuerdo, algunos dirán irritante. Una especie de falsete un pelo forzado, nasal, aunque con sus matices. Puede recordar algo al Ian Anderson más desquiciado (sí, hablo de JethroTull) a algun rapero como Nas o, incluso en ciertos momentos, a Chris Martin. Sí, al mismísimo cantante de Coldplay.

Os dejáreis arrollar por el sonido de Alt-J?

En bajadas de introspección, de breves segundos. Y no es que esa voz sea un detalle de escasa importancia. Muy lejos de ser una anécdota, las armonías vocales (la voz, desdoblada, en diversas pistas, ¡si hasta hay un tema a cappella!) dominan las canciones clave en este extraño ‘An awesome wave’, disco de debut de este grupo tocado con tan peculiar nombre (el atajo de teclado para escribir el símbolo Delta), que está siendo bienvenido por muchos como uno de los discos de debut de 2012. Siendo, como le parece corresponder a los grandes discos de los últimos años, producto ya no de un cruce sino de un auténtico batiburrillo de estilos.

Aquí hay silencios monacales que recuerdan a los Fleet Foxes, requiebros vocales cortesía de los Beach Boys vía Animal Collective, entresijos pianísticos dignos de cuando Coldplay se conformaban con actuar ante dos o tres mil personas, números casi de taberna, interludios instrumentales (campanas y teclados tintineantes), coros de monasterio, adultos e infantiles y tratamientos sonoros tanto con vocación algo minimalista como en búsqueda del muro de sonido y cierto caos sónico que me recuerda a los Prodigy (sí, por lo menos a mí). Cuando estos tipos paran, es casi siempre para volver a hacer ruido. Dicen que este disco es candidato al Mercury Prize, prestigioso galardón que, cuando los discos se vendían por cientos de miles, garantizaba un acceso a la primera línea de prestigio y de ventas. No me imagino a estos cuatro estudiantes compartiendo galas con artistas del neo-glamour como Adele, no me los imagino hurgando en sus armarios a la busca de algo decente para presentarse, sin sacar de ellos más que camisetas con extraños mensajes.

Un rarísimo disco que hay que oir porque, a pesar de todos los impedimentos, conscientes o inconscientes, contiene muy buenas canciones. Canciones inmediatas, algo nervudas, algo desordenadas, pero con un espíritu de caos que las hace atractivas. Abren el disco, ellos también, con un tema llamado Intro, una especie de muestra de sonido, dos minutos escasos de intensidad instrumental, de bajo levemente distorsionado. Luego, empieza el desmadre, alternando breves temas que parecen puras tomas de pista (vocales, de guitarra, de piano), pero intercalando momentos memorables. Ahí es donde uno se da cuenta de que este es un grupo diferente, con capacidad para, aunque sea merced a combinaciones diferentes de los mismos elementos, crear algo nuevo.

Tessellate, velocidad y sensibilidad, parones, matices y gran clip, clip con pinta de alguien apostando fuerte por ellos. Breezeblocks, Ms, Fitzpleasure, teclados agitados, efervescencia con paternidades no aclaradas y, al final, Taro, momento algo introspectivo y calmado, especie de muestra que nos dejan de que son capaces de toda classe de sensibilidades multicolores en un estrafalario disco que es difícil que pase desapercibido.

Podéis darle una escuchada a su disco en este enlace

 

 

 

 

Francesc Bon

desde Barcelona



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