‘El Caballero Oscuro: La leyenda renace’, un poco menos Nolan, un poco más Warner

‘O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en el villano’. Esta es una de las muchas frases que la hábil mano de Christopher Nolan ha convertido en mensaje de culto gracias a su trilogía sobre Batman. Una saga que ha conseguido por un lado devolverle al personaje toda su credibilidad y esencia, perdidas antaño por las burdas continuaciones que tuvo el genial trabajo iniciático de Tim Burton. Pero por otro ha ofrecido al murciélago enmascarado una profundidad y honestidad que le convierten en una de las mejores adaptaciones cinematográficas de un cómic de superhéroes. Y eso señores míos, teniendo en cuenta lo que se ha hecho en los últimos años (X-Men, 4 Fantásticos, Ghost Rider, oh Shit!!!), es decir mucho.

Batman, Bane y Catwoman, en 'El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace'

Sin abrir el debate sobre si el cine de cómics es bueno o no (lo dejamos para otro día), lo cierto es que el director de ‘Memento’ ha conseguido que el reboot de Batman sea una estupenda concepción del mundo ideado por muchos de sus dibujantes (Mazzuchelli, Sale o Giordano, entre otros) ampliando no sólo el carácter y la tenebrosidad del personaje, sino amplificando cada escena con una casi perfecta coreografía fílmica, tanto en imagen (espectaculares luchas cuerpo a cuerpo en la primera, rompedoras escenas de acción y tiroteos en la segunda) pero también en guión, dotando a sus tres films de una armónica consistencia narrativa.

Sin embargo, esta no es la crítica global de toda la saga (estaba llamada a ser la cuarta Sagrada Trilogía de la historia del cine), sino que más bien es la reseña sesgada y parcial del estreno de la última de la serie, ‘El Caballero Oscuro: La leyenda renace’, un título tan largo que por sí mismo parece anteceder a una gran película, a un gran espectáculo. Todo en esta tercera entrega debía ser formidable, mastodóntico, incluso el título.

Más gadgets, más vehículos, más explosiones, más personajes, villano más grande, más feroz. Todo más. Tal vez, todo demasiado más.

Está claro que la responsabilidad era muy grande. También la presión. Cerrar una saga espectacular y sobrecogedora, no sólo por su proyección comercial, sino (y esto es lo más importante) por la pericia con la que se habían llevado hasta ahora las dos primeras entregas, era desde luego un reto importante.

‘La leyenda renace’ (por acortar) es un filme infatigable, en constante evolución y ofreciendo siempre un pico más alto desde el que caer, en una montaña rusa fílmica que esconde un “más difícil todavía” en cada intersección (alguno estáis pensando en ‘Origen’? Sí, yo también). Sin embargo hay algo en todo su metraje que resulta impostado, forzado. Algo que no ocurría en ‘Batman Begins’ ni en el primer Caballero Oscuro.

 

El caballero oscuro: La leyenda renace

 

Pero vayamos por partes. La imposición de un nuevo villano, ese hercúleo y turbador Bane (máscara al rostro y acento imposible, entre el portugués labial de Joaquim de Almeida y el de un refugiado afgano criado por una familia rusa), deriva en que su presencia debe ser imponente en cada escena, su potente voz, sus inesperados giros hacia la bestialidad anárquica, son matices que lo convierten en un malo descomunal. Acojonante, diría yo, si me permitís la bajeza. Pero en ningún momento consigue que olvidemos a Joker. Sabemos que no lo intenta, que no ha sido escogido para hacernos olvidar al payaso desfigurado, pero es que aunque así fuera, no lo conseguiría.

En ciertos momentos, su ferocidad lo convierte en insuperable. En otros su debilidad sorprende. Tal vez no estén bien medidos, los gramos de cada cualidad en la fórmula perfecta para cada momento.

Pero impresiona, que es lo que importa. También lo hacen los efectos, más especiales que nunca, más explosiones, más giros imposibles, más máquinas. Como decía, mucho más. Tal vez demasiado.

Si algo me había gustado de sus predecesoras, era la contención que Nolan había aplicado en la espectacularidad del personaje, para que al trasluz del contraste que Batman tiene en las sombras y Bruce Wayne en las luminosidades del personaje real, todo quedase encajado, perfecto. La tercera entrega, a fuerza de buscar el triple salto con tirabuzón, a veces roza lo inverosímil. Y es una pena.

 

Batman, renace...

 

Porque la película en conjunto, es un estupendo cierre de saga, una respuesta necesaria y cruel para el destino de Batman. Una evolución lógica del personaje, en cuanto a la composición narrativa que lo rodean a él y a su dimensionalidad psicológica tan incisivamente plasmada por el director. Pero le falla el aderezo. El entorno en el que se desenvuelve la acción cuando no es el hombre murciélago el que está en escena.

La elección de Anne Hathaway para Catwoman, los entresijos del plan maligno de Bane, a veces cosidos con pinzas al hilo argumental o la concesión de recursos poco prácticos para la historia en aras del bien mayor de la espectacularidad de las imágenes, son detalles que ensombrecen un poco este final, que debería haber sido un poco más Nolan y un poco menos Warner.

Da la sensación de que intentando contentar a público y estudio, se haya traicionado a sí mismo. Pero, ¿cómo criticar esto sin que parezca que tiramos por tierra todo el trabajo bien hecho? No sabemos, pero lo cierto es que su final para Batman es concienzudamente impactante y fastuoso, cobrando especial fuerza la música de Hans Zimmer y el rodaje de escenas en constante movimiento. La seriedad con la que ha conformado un personaje denostado para devolverlo a su oscuridad y complejidad esenciales es digno de admiración. Disfrutar durante casi tres horas, del universo de Gotham en estado puro, al borde del caos, es desde luego suficiente aliciente para ver renacer a la leyenda.


 

Vic FS

desde Madrid



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