En el desierto se esconden las monumentales cascadas de Ouzoud

Marruecos es un destino que esconde cientos de rincones increíbles, tanto rurales como urbanitas, un verdadero hervidero de lugares pintorescos, pueblos con encanto y situaciones inverosímiles según en los recovecos en los que os metáis. Anticipar a los lectores que nuestro país vecino es un sitio peculiar para visitar por ciertas costumbres y por las a veces intrincadas relaciones con los comerciantes locales, sería facilón y repetitivo. Pero no lo olvidéis porque volveremos sobre ese tema. En ese universo de tradición y supervivencia en el desierto, se erige uno de los monumentos naturales más impresionantes del planeta: las cascadas de Ouzoud.

Los que lo conocieron hace décadas siempre hablarán maravillas de este lugar, un salto de agua de 110 metros, en el Alto Atlas marroquí, por el que discurren las cascadas y que hacen tres escalones en caída libre, ofreciendo un espectáculo visual incomparable. Se le unen los desfiladeros de El Abid y el torrente del río Ouzoud que les da nombre, rompe y cae en los acantilados con un orquestal sinfonía de naturaleza musical.

Se puede llegar desde Marrakech o Beni Mellal, siendo hoy en día (tras ponerse de moda) uno de los sitios más visitados del país por los turistas e incluso los lugareños, que lo tienen por un punto recomendable para pasar un día dominguero. Lo que viene siendo lo de “remojarse el culo en el río” que hacemos muchos en verano.

La visita por tanto se desluce ligeramente teniendo en cuenta este hecho, porque desde que ha pasado a estar en los itinerarios de todas las agencias de viajes, la masificación de turistas y la proliferación de comercio de menudeo y recuerdos, son una nota predominante. Los muchos campings de antaño han dejado sitio a una infinidad de puestos y mercadillos, donde como os decíamos al principio tendréis que brear con la “insistente” técnica de marketing local. Pero entender que cada lugar, tiene su idiosincrasia. Y que estos señores también tienen derecho a disfrutar de su Benidorm particular.

Lo mejor es hacer la visita a tu aire, si eres de los que prefiere descubrir el entorno, pero debéis dedicarle tiempo. La bajada es preciosa en primavera, pues toda la zona añade a su vegetación exuberante, la belleza de los almendros en flor, pero además os permitirá ver panorámicas impresionantes de todo el conjunto de cascadas.

Desde abajo, la vista no desmerece, pues las cataratas que se forman según los escalones naturales de la pendiente, ofrecen saltos de agua inimaginables para el ojo humano. La idea es pegarse un chapuzón, para lo cual os recomendamos retiraros un poco de la zona turista y buscar pequeñas pozas algo más alejadas, a las que también se asoman pequeñas cascadas que os harán disfrutar más del remojón.
 
 

© Chuma
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Para esto si os vendrá bien el guía si no sois aventureros. Conocen todos los rincones y si es hábil, os llevarán a pequeñas piscinas naturales poco transitadas. Eso sí, cuidado con el momento del baño. El agua se remueve mucho y el tono marrón de la arcilla impregna a menudo las balsas. En primavera, seguramente escogiendo bien los días, podréis encontrar menos bullicio y las temperaturas también serán altas.

Buscar una senda distinta para el ascenso (las hay), para buscar distintos puntos de vista y estar atentos a los monos, no sólo porque os hagan gracia, sino porque tienen habilidad para sustraer comida. No les alimentéis y tampoco les provoquéis. Es una recomendación…

Aunque muchas organizaciones están trabajando por mejorar las condiciones de limpieza y organización del entorno, la producción de basuras por el mucho trasiego es tremenda, así eligiendo bien la época del año (como os decíamos antes), podréis descubrir un sitio parecido a aquél que visitaban en los 80, aquellos que decían de “bajarse al moro” por hacer turismo.
 
 

 
 
Todas estas fotos están disponibles en las respectivas cuentas de Flickr de los autores mencionados.

Vic FS

desde Madrid



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