Las múltiples capas que dan forma a ‘Treme’

Debemos ser legión los que llegamos algo tarde a una maravilla como ‘The Wire’. Para muchos, no hubo otro remedio que abordar sus 5 temporadas, allá por 2008, prácticamente de un tirón, para salir de dudas, saciar nuestra sobre-excitada curiosidad, y comprender (y compartir) el motivo de tanto entusiasmo, y tan unánime. Compensado el retraso, que, para los muy numerosos rezagados restantes,  muchos medios aún se empeñan en mitigar (a base de recordar frecuentemente su gloria y genialidad) pocos de los que la hemos visto permanecemos insensibles a cierto cosquilleo cuando suenan los acordes iniciales de su música de despedida. Acababa el capítulo, empezaba la reflexión.

Entonces era lógico, pues uno siempre tiende a pensar que es imposible mejorar lo inmejorable, que nos enfrentáramos  a ‘Treme’ con sentimientos dispares: el escepticismo asociado a pensar que, hallada una fórmula mágica, insistir en ella es repetirse y, justo en frente, el otro escepticismo: que si se optaba por algo radicalmente diferente, para distanciarse, se perdería la esencia.

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Porque, en el fondo, queríamos otra temporada más de The Wire, queríamos resucitar a Omar Little o a D’Angelo Barksdale, y ver si la vida de McNulty se reconducía de alguna manera.

Pues bien: es muy posible que Tremé nos desmienta a todos. Hay que vencer, y reconozco que a mí me costó unos meses, cierta reacción ante una trama que no tiene nada que ver con traficantes de drogas, con bandas, con adictos que quedan ensimismados en bancos de parques públicos. Hay que dejar que la magnífica música de los títulos de crédito (que esta vez se mantiene inamovible en las dos primeras temporadas) nos introduzca en la cuestión del Katrina y su multitud de efectos secundarios. El desarraigo, la desilusión, el desinterés, la desgracia, la desidia. Muchas palabras que empiezan por des, lo sé. Hay que avanzar en las relaciones tejidas entre personajes no tan cercanos a la cuerda floja, personajes expuestos al Sol para secarse, como las viviendas que perdieron. La mayoría, gente normal que intenta sobreponerse al mar que ha hundido sus existencias cotidianas. La mayoría, gente normal que espera que alguien tome las decisiones que le permitan volver a la rutina. Ojo, a la rutina de una ciudad como Nueva Orleans. Asumido que será difícil que en Tremé tengamos el perfil policial subyacente en The Wire, abracemos la oportunidad. Sólo dos temporadas, las piezas empiezan a encajar, los personajes a mostrar sus ricos perfiles. La ciudad, a exigir que alguien vuelva a apretar el botón de On.

Ningún sentido tiene esperar a que acabe y todo el mundo hable de lo genial que fue. Vivámosla en el momento, ahora. Estamos a tiempo. Ni sé cuando se podrá disfrutar la tercera temporada, faltan muchos meses. Por eso no hay que volver a dejar escapar el tren. Justo un año desde que empezó a emitirse en USA. A por ella, ya.

Es imposible arrepentirse.

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Francesc Bon

desde Barcelona



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