El origen de la vida, a través de los ojos de Terrence Malick

Terrence Malick es un director de cine poco pródigo, sin embargo la expectación que crean cada uno de sus estrenos sólo es comparable al advenimiento de un nuevo hito en la historia del séptimo arte. Así de contundente. Así de duro para el paladar cineasta flojeras. ‘El árbol de la vida’ es su quinta película, tal vez la más intimista e introspectiva con el ser humano.

Decir esto, de uno de los narradores más interesados por el retrato profundo de la raza humana, es fácil pero no es equivocado si tenemos en cuenta que en este título, su visión microscópica de la naturaleza del hombre, de su comportamiento, de su evolución como ser social y moderno, es la más puntillosa y sensible de toda su carrera.

'El árbol de la vida', último trabajo deTerrence Malick

Con saltos vertiginosos en el tiempo, en la concepción del ser humano, la lentitud del metraje puede llegar a hacerse aburrida, pero no demasiado. La quietud no evita que la cámara nos muestre un fresco en el que los sentimientos se trasladan a un lado y al otro de la pantalla. Clint Eastwood no podría hacerlo mejor. Son diferentes. Como Michael Mann. Pero ese es otro tema.

Mi amigo @javinfusion dice que Mann es un director como la copa de un pino, pero que no puede evitar hacer películas poco trascendentales. A Malick le pasa todo lo contrario.

Su minucioso sentido de la observación, el deleite de la contemplación del ser humano, trasciende más allá en esta película intentado aportar algunas respuestas metafísicas a las preguntas más ancestrales de nuestra existencia.

Diríase que el director ha perdido el norte, pero no. El tiene su norte muy claro. La cuestión será si nuestro magnetismo natural está cargado de la misma sutileza y sensibilidad que el creador de ‘La delgada línea roja’.

Muy difícil para el público habituado al cine comercial. Densa, subjetiva, onírica en todo momento. Tal vez inconstante en el ritmo fílmico para mantener el tono documental por encima del lisérgico de su caleidoscópica mirada. Difícil será no pensar que variante de opiáceos ha degustado el director. Pero quien no pensó eso viendo ‘Easy rider’ o ‘Solaris’?

Muy destacable, el trabajo de dirección de actores, si es que se ha podido domesticar así la habitual interpretación pretenciosa y mono carismática de Brad Pitt, para que ofrezca un contenido y acertado repertorio de dramatismo bastante creíble. Sean Penn es un dulce, una guinda en esta película que brilla por sus susurros, más que por sus palabras.

A buen entendedor…  chocolate a la taza. Si queréis rizar el rizo, podéis darle una escuchada al ’10.000 days’ de Tool, después de ver la película. Un reto…

Vic FS

desde Madrid



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