La manifestación que algunos no quisieron ver

A punto hemos estado de meter la entrada en otra sección y cambiarle el nombre del apartado. ‘Lo que no vemos zappeando’, porque de este tema por desgracia, poco zapping hemos podido hacer. Como todos sabéis (los que uséis internet, tuiter o mierdas de esas para vagos), ayer tuvo lugar la manifestación pacífica por una democracia más real, que promovía desde hace semanas ese colectivo-plataforma-conglomerado-poliedro que es en realidad #Nolesvotes.

El caso es que el domingo, para disfrute de algunos y sorpresa (ay que sorpresa, señorita Gemio) de otros, las manifas no fueron algo pequeño, minoritario, de poco calado y ninguna repercusión en el futuro del país (por poner algunos adjetivos premonitorios en boca de asesores de imagen de políticos y editores de periódicos nacionales, previo al inicio de las sentadas) sino que representaron con fiel exactitud el malestar general que un porcentaje grande de la población de este país, lleva conteniendo desde hace meses.

La manifestación que algunos no quisieron ver

Desde aquí no nos vamos a lanzar a la piscina de valorar ni justificar el leitmotiv de las concentraciones, la legitimidad o el acierto, el desacierto o el objetivo, que tiene esta campaña contra las campañas. Nos interesa comentar la repercusión, o más bien la ausencia de ella en el contexto mediático de los desinformativos nacionales.

Parece sorprendente, que a pesar de ser una de las concentraciones más comentadas y reenviadas de las últimas semanas, los medios de comunicación hicieran oídos ciegos y ojos sordos (sí, sí, como suena, un despropósito total) a una información tan suculenta como la que se avecinaba. Desde primera hora de la mañana, la red social en general y Twitter en particular (esa que tanto les gusta a los nuevos periodistas 2.0) difundían con espectacular megafonía las manifestaciones que se avecinaban en toda España, programadas de estraperlo y off the record, pero programadas.

Cuando la gente empezó a arremolinarse en las principales plazas y avenidas de todo el país (se sumaron unas 50 ciudades a la kedada masiva de los desencantados), los medios nacionales de televisión y la mayoría de los periódicos en papel, no habían mencionado apenas ninguna información previa. Curioso.

Es cierto que ese mismo día andábamos todos resacosos con el tema Truñovisión y que esa tarde Nadal se jugaba con Djokovic, una final de esas que se adelantaba como antológica. Sin embargo, a todos los que pasearon sus huesos por las calles de esas ciudades indignadas como los que seguían el asunto por internet, lo que más les sorprendía es que según avanzaban las horas, la información era escasa, muy escasa.

Si la gente fue asqueada a la manifestación de su barrio, salió de ella cabreada. Mucha gente cabreada con los medios de su país, con los que apenas unos meses atrás alardeaban de independencia por sus entrevistas tajantes o los que daban cobertura total a las revoluciones de medio mundo, mientras que aquí en casa, la primera nos la daban en la frente. “¿Queréis quejaros? Pues no lo va a ver nadie…”.

Diarios online como 20 minutos (si señores, ese periódico que es como La Farola pero con más páginas), si tuvieron narices para cubrir desde un principio la noticia. Quién sabe qué oscuras intenciones moverían sus hilos. Pero fueron pocos. La pregunta sería: ¿Porqué?

¿Qué puede hacer que medios de comunicación de izquierdas, derechas y centros, ángulos muertos y editorial demente, de cualquier condición y status, se pongan de acuerdo por una vez en 35 años? ¿Qué puede ser tan peligroso para todos los elementos de poder al mismo tiempo que merezca la pena generar una cortina de humo mala e insostenible que implique a todos los medios de comunicación “libres”?

Pues eso, un descontento general que no tenga que ver con militantes políticos, con colores ni himnos, que sólo busque la sencilla e independiente respuesta a una acción directa. Acción reacción. Fuerza efecto. La cuerda la han tensado tanto, azules, rojos, verdes y amarillos, que ahora los que estamos en el otro lado hemos decidido atarles con ella antes que permitir que se rompa. Y eso asusta. Acojona que te cagas cuando tienes que pagar el club de golf, tres colegios en Europa, cuatro coches con cuatro seguros y una larga lista de menudencias que tienen que asumir políticos, banqueros y demás rufianes de la camarilla pirata que ostenta el poder. La masa asusta, pero entretiene cuando hablan en Swahili y llevan turbante. Pero la masa acojona, cuando se arremolina en tu jardín y por una vez los poderes cada uno en su rincón opuesto, han temido lo mismo a la vez. A la masa.

’Quiero crecer en un mundo mejor’
’Quiero crecer en un mundo mejor’

Y por eso, porque aunque estemos de acuerdo o en desacuerdo con toda esa gente que se manifestaba, creemos que la gente tiene derecho a saber y los que protestan tienen derecho a hacerse oír. Sin censuras ni remiendos informativos. Con claridad y veracidad. Aunque duela. Aunque joda.

El Washington Post vino a última hora a torturarle la noche a políticos noctámbulos y editores de periódicos de paisano. Nadie daba dos duros porque este tema saliese bien. No nos engañemos, no es que les pillara por sorpresa, es que pensaron que cuatro perroflautas no llenarían más de tres bancos del parque en un botellón. Pero se equivocaron porque los que llevaron las pancartas al asunto eran parados de 40, amas de casa, familias con hijos, abuelos jubilados y jóvenes. Eso sí, muchos jóvenes. De esos que no se mojan, no estudian ni trabajan y las etiquetas que les cuelgan sus mayores son tan ridículas como sus pretensiones vitales.

Y lo que pasó es que si movió a la masa, el #Nolesvotes si podía ser algo real, a pesar de todas las previsiones, de todos los juramentos de jefes de campaña que decían lo contrario, de todos los expertos que les aseguraron a sus líderes, que silenciar el asunto, apagar el micro y mirar para otro lado era la mejor solución.

Sheldon les hubiera dicho: “Zas, en toda la boca”.

Como decía el Post abrió la veda. No se podía acallar el asunto. Tiro por la culata y a reactivar el plan B. Que salga en los medios, que parezca que no es tan grave, que lo que se vea sean hostias y antisistema encapuchados. Así que a última hora y durante toda la mañana del día siguiente, lo que los medios ciegos no nos habían mostrado, lo que los medios sordos no habían querido que oyéramos, ya era noticia, pero una noticia distinta. Había que demostrar que no se censura, que no se tiene miedo, que el desastre estaba calculado y entraba dentro de sus planes. En definitiva, que a los quejicosos, tolerancia cero.

Los de un bando marcaban titulares tendenciosos y nacionalistas, los del otro, ninguneando y politizando a machetazos. Y en el medio, una solitaria Ana Pastor que se ha lanzado a la ofuscada labor de defender lo indefendible.

Como adalid de la nueva prensa, de la televisión pública libre, esta gran periodista ha sentido la necesidad interior de sacar pecho por la empresa, de defender al colectivo y se activó rápido a última hora de la noche para alegar falta de previsión en los medios que no habían sabido ver la envergadura de la indignación general.

Tiene razón en afirmar que su cadena ha exhortado informativamente desde hace meses a que la gente piense, recapacite, incluso se indigne (todavía más) recitando a Hessel y hablando de periodismo directo y veraz. También la tiene cuando se esfuerza al día siguiente porque todo lo que tenga que ver con el #15M sea comentado y revisado, para que ninguna falta de censura les salpique. Y tiene razón, pero cuando hasta el último juntaletras del planeta tiene ya una cuenta en Twitter, para seguir los comentarios alcohólicos o descontrolados que suelte cualquier famoso desde su iPhone, resulta sorprendente que en esta ocasión, en esta tan importante, se les pasara la baza. Calabaza…

 

Vic FS

desde Madrid



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