Colega, ¿dónde está mi perro?

Hace unos días estuvo en España César Millán, con espectáculo y perros incluido. Antes de que corra la sangre advertir que un servidor es un ferviente admirador de este señor, pues me lo he pasado piruleta viendo sus programas. Hay que reconocer que tiene su gracia para llamar a la cara flojos y monguers a los invitados, que le muestran desesperados sus perros problemáticos y toda su parafernalia malabar para dominar a los chuchos, está bien estudiada y se presta a la experimentación propia (mentira, nunca conseguí que mi perro me hiciera más caso con la “garra” o la “patada”, pero bueno).

"Yo tenía 16 perros... Me falta uno..."

Sin embargo, interesándose uno más por la vida y milagros de este mentalista de los canes, lo cierto es que me asaltan dudas y quebraderos de cabeza que nada tienen que ver con el fino arte de mandar a un perro que se siente. Dame la patita. Dos vueltas… Hop…

Resulta que el amigo Millán fue un espalda mojada, es decir, en argot de frontera, un inmigrante ilegal. El joven César era un poco inadaptado, pobre como las ratas y con mucho mundo interior. Descubres entonces que un día se cansó de la vida tranquila y disoluta de un niño medio mexicano y como imbuido por una visión mágica, decidió que su futuro estaba en los USA de aquí al lado. Los de toda la vida.

Tras cruzar la frontera con un poco de buena suerte, llega a San Diego y se ofrece al Hombre Blanco para cualquier menester, porque como todo inmigrante sabe, Estados Unidos es la tierra de las oportunidades y ahí es donde la historia empieza a chirriar, no por falsa sino por hiriente. Al sentido común, vamos…

Millán empieza desde abajo, en el mundillo de los perros, lavándoles y cortándoles el pelo, recogiendo heces (cuidado una mierda… ups, ya la has pisado) y como un español en la Alemania post-nazi, se curra todo tipo de actividades cabronas, porque él, en el fondo, tenía un sueño. Lo tenía todo calculado.

El paso siguiente parecía una evolución lógica, ascendido a paseador de perros, el mito de César Millán estaba a punto de explotar. Dicen por aquellas tierras que si te esfuerzas, si te haces a ti mismo como un hombre de provecho, todo será posible, tus sueños se cumplirán. Decirme cuantas películas de sobremesa (y cuantos estrenos de cine) han comentado estos temitas serios.

Y de parque en parque, de perro cagando a perro meando y tiro porque me toca, el protagonista de nuestra historia conoce a los Smith (también de toda la vida), o sea, a la familia del Príncipe de Bel-Air, chucho incluido y César lo peta, en plan artista, como el tío de ‘Powder’ controlando el rayo, pero con animal de cuatro patas, así que la familia Smith-Pinkett se quedan extasiados, le agradecen el esfuerzo de controlar a su fiera y le dicen, en fino y en inglés: “te voy a poner un piso en la capital”.

Al joven César Millán se le abre el cielo y vive su propio idilio con el vecino yanki, como el Tío Tom, creyéndose tan a gusto el cuento de que “las oportunidades son como los trenes, que sólo pasan una vez” y que “América es de los que se construyen ellos mismos su futuro”. Y claro entra al trapo. Parecerá que es verdad, que si empiezas desde abajo y te esfuerzas puedes conseguirlo todo, no?

A la casa del “encantador de perros” (ya tenía hasta un mote) llegaron cartas, peticiones, contratos, mensajes de otros ricos y famosos que querían la misma medicina que le dio al perro de Will Smith y como no, productores de televisión. Muchos, de todas partes, como buitres oliendo la carroña, ofreciéndole un espacio en la emisora local de Topeka, Alburquerque o Passadena. El oro y el moro claro. (Perdón, por lo de oro).

Ahí surgió el Reality, la fama, su propia granja de perros educados, los libros. El mito. Y él tan contento, claro. Al final ha conseguido lo que quería, le han querido usar como a tantos otros (da igual que tengas un programa en la televisión o que friegues platos en un McKing) pero les ha salido el tiro un poco por la culata.

Los americanos son expertos en exprimir cualquier cosa que pueda dar dinero. Luego se lo cargan y pasan a otra cosa. Sin embargo cabrear a César Millán, puede no ser inteligente (incluso para un gringo), porque el tipo controla las mentes de la mitad de los perros del país. Cuando lo destruyan y el amigo sepa lo que esconde dentro, la magia de EEUU, podrá montar su propia revolución. Será el Señor de las Bestias, pero con Carlinos y Bulldog francés.

Suerte amigo. Veremos cuanto tarda la industria de los sueños, en fagocitarte y escupirte. Pero estaremos contigo después. Te presto mi Border-Collie para ello. No hace caso ni a dios, pero así me lo adiestras, majo.

Chisco

desde Granada



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