Unas semillas que hacen germinar la felicidad

Continuando nuestro repaso a las series de comedia de los últimos 10 años, buscamos de nuevo una historia que nos mete de lleno en el seno de una familia (familia, guarros, no rubia ni estudiante canadiense, el seno es de una familia) media americana, pero poco convencional.

Es una familia media porque la forman una mujer y sus dos hijos adolescentes, a la que acompañan un cuñado bobalicón y un gestor que le lleva las cuentas, ahora que el azar le ha dejado en la soledad de la viudez.

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Pero es poco convencional porque esto sólo es una sinopsis sesgada, ya que si os contamos que la entristecida mujer ha decidido empezar a vender marihuana en el barrio para poder mantener a sus dos retoños, el casoplón que te cagas, el modo de vida americano en la urbanización de las afueras y el césped Greengrass Premium en el jardín (que por lo visto cuesta cuarto y mitad de cojón de pato ponerlo en el patio), para lo que le pide ayuda a ese contable que de eficaz profesional tiene poco, al hermano de su marido que de responsable apoyo paterno no tiene nada, a un abogado estresado de su trabajo y su histérica mujer (una estupenda Elizabeth Perkins, a la que desearás matar o rescatar según avancen las temporadas) y a un estudiante de intercambio indio, que tiene un serio problema con su sexualidad (o con su falta de ella mejor dicho), tal vez el plantel ya no os suene tan tradicional.

Pero eso será después, cuando el mundo de la maría la tiene totalmente condicionada para mantener su ritmo de vida y la veamos pasar de pequeña dealer de barrio a señora de la droga con tacones. La primera temporada la veremos entrar de puntillas en el menudeo, con algunos de los mejores momentos de la serie, aún inocente pero intuitiva, Nancy Botwin (Mary-Louise Parker) se relaciona con Heylia, su familia y sus bolsas de dos kilos a bajo precio “para la blanquita”. Después, el devenir de la madre favorita de América (de los americanos fumetas se entiende) la lleva por todo tipo de tramas, que se complican y enrevesan y ante las que la serie sabe ponernos con excentricidad cómica unos personajes que resuelven las tramas con una surrealista noción práctica de las situaciones.

Si la miráis bien, la historia esconde un poco de drama, no todo es partirse la caja, lo justo para que la serie no se haga demasiado histriónica y el hilo conductor de la hierba de la comarca no resulte demasiado repetitivo y absurdo.

La creadora Jenji Kohan, compone así su particular Jardín de la Alegría (que no guarda más relación con la película que la argucia comercial de la protagonista y el tufillo a cannabinol del ambiente), sin entrar en politiqueos ni mensajes demagógicos, ni a favor ni en contra, tal vez por eso la serie resulta, porque no entra en dramatizar ni ensalzar el asunto, sólo lo utiliza como excusa para poner a un grupo de personas extremas, en situaciones extremas.

Y el resultado funciona, con una dosis justa de comedia e intriga, para que te apetezca ver el siguiente capítulo, uno detrás de otro, hasta que repitas y te sepas de memoria, la canción de la cabecera de la serie.

“Little boxes on the hillside, Little boxes made of ticky tacky…”

Vic FS

desde Madrid



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