Trilogía de la Empresa – 1ª parte

El domingo pasado, la escritora Maruja Torres usó su columna en El País Semanal, para llamar nuestra atención sobre un hecho insignificante, carente tal vez de atractivo para el común de los lectores o de actualidad en estos días convulsos que vivimos. Su artículo era sutil, sencillo, liviano y seguramente no será ni su mejor página ni tal vez a la que haya dedicado más tiempo, pero sin desmerecer a todas las anteriores ( y todas las que vendrán) su último escrito ha conseguido removernos en al asiento, con una media sonrisa, leyendo.

© Getty Images
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Describe, para los que no lo hayáis leído, como tuvo que requerir recientemente los servicios de un tapicero para su viejo sofá y como esa experiencia comercial, cotidiana y simple, le supuso una enorme satisfacción, hasta el punto de que durante un segundo, sientes que la escritora se ha reconciliado con el mundo y con la raza humana ya de paso.

Será porque hace poco viví en primera persona esa misma experiencia cuando mis padres (que no son dos hombres con bigote, sino que me niego a separar en género una palabra que no atenta contra el derecho de nadie, digan lo que digan, las mojigaterías de ciertos eruditos), decidieron retapizar el sofá del salón de su casa en Madrid, pero el caso es que empaticé tremendamente con la Sita Torres, cuando describe lo estimulante que resulta tratar con alguien que, a día de hoy, disfruta con su trabajo y además lo realiza de forma profesional, eficaz y correcta. Nótese la incongruencia, de resaltar unos adjetivos que ya de por sí deberían estar impresos en toda relación comercial del mundo. Pues eso.

Es curioso que una periodista de renombre, curtida en mil batallas de la vida, tenga la necesidad interior de expresar su gratitud a un profesional que ha trabajado bien. Más lo es, que a uno le dé por echar la vista atrás (no poner los ojos en la espalda, sino recordar su propia experiencia) y se dé cuenta de que el sentimiento es mutuo. Que alabar el buen hacer de un dependiente, un camarero o un albañil, es hoy en día casi imposible. Es una proeza digna de enmarcar.

Los que nos dedicamos en algún sentido al diseño, la publicidad o el marketing, nos hemos cansado en los últimos diez años de hacerle ver a nuestros clientes que lo importante hoy en día es la imagen.  No es que reniegue de este principio de nuestro sector, ni mucho menos. Es cierto que hoy en día no se puede ofrecer una tarjeta de visita en la que el logo de la empresa lo haya hecho el propio dueño de la misma, hace 25 años, con un Word Art del Office y una tipografía Comic Sans. Cerrajerías Ordoñez, a su servicio. Tampoco está de más que las empresas no entreguen a sus clientes sus datos en una servilleta de papel, indicando un correo electrónico de Hotmail (o peor, de Yahoo…) cuando un dominio propio cuesta al cambio, unos 9 euros al año.

Suma y sigue, la lista de consejos prácticos para que una empresa resulte competitiva y atractiva desde un punto de vista de la imagen es larguísima pero a la par fácil de aplicar. A los del gremio se nos ha llenado la boca en los últimos años para hacerle ver a nuestros clientes que el aspecto de su negocio, la decoración de su tienda o la imagen que den de sus oficinas, serán muy importantes para el éxito que a su vez, tendrán ellos con sus clientes.

Nos hemos esforzado tanto, que hemos conseguido (aún queda mucho por hacer cierto) que la mayoría de las empresas que nos rodean entren al trapo y hayan aprendido a usar su imagen en su propio beneficio. Rotulación de vehículos, sustitución de toldos arcaicos con el nombre de la tienda, por un sencillo pero atractivo rótulo de letras corpóreas; decoración interior en vinilo adhesivo, papelería corporativa útil y llamativa, mejorar catálogos obsoletos con un diseño atractivo…

No estamos vendiendo arena en el desierto. La necesidad de un hábil uso de estas herramientas de imagen mejorarán la impresión que nuestros clientes se lleven de nosotros y acostumbrados a tiendas tipo El Bazar de Loli, saben recompensar a los emprendedores que dotan a su negocio de un nombre curioso y fácil de recordar, un establecimiento ordenado y estéticamente atractivo. Tal y como cuiden su aspecto, me cuidarán a mí.

El problema es que hace unos años teníamos un panorama comercial viejuno, anquilosado en técnicas de antaño y que necesitaba seriamente un lavado de cara. Lo que fallaba era el envoltorio. Pero a día de hoy, que el que no corre vuela y quien no, pone un estanco, todos se han lanzado a la carrera competitiva por cuidar su imagen y parecen haber perdido el sentido de las formas. Del trato.

Para las multinacionales somos números, para las tiendas pesados de última hora, para los restauradores quisquillosos que les restamos tiempo de crear maravillas culinarias y para los acomodadores, esos zoquetes que no les dejan ver el principio de la película en paz. O sea, los consumidores nos hemos vuelto gilipollas y los empresarios unos ineptos.

Sin querer exagerar, lo curioso, lo anecdótico de nuestros días, es que como le ocurrió a la señora Maruja Torres, nuestra experiencia comercial sea satisfactoria, grata, cordial, seria, profesional. Y eso que en actualmente, hasta las tiendas de ultramarinos hacen estudios de mercado y análisis sociológicos de su target de ventas. Hay que joderse…

A lo mejor los diseñadores del mundo deberían reconvertir sus carreras en asesores de formas, ya que consiguieron hacer olvidar al empresario todo lo demás con un logo, a ver si consiguen que recuperen la atención con un “Encantado de ayudarle, gracias”.

Vic FS

desde Madrid



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2 comentarios sobre “Trilogía de la Empresa – 1ª parte

  • el 17 abril, 2011 a las 18:26
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    Dice el dicho que “La esposa del César no sólo ha de serlo, sino que también tiene que parecerlo”. Hoy casi habría que invertir el orden: no sólo ha de parecerlo, también tiene que serlo.

    Y es que se supone que una buena comunicación tiene que sustentarse sobre un buen hacer, pero a veces parece que se trata sólo de un envoltorio bonito sin nada dentro. Así, tenemos empresas petroleras que uno diría que se dedican a plantar florecillas, y compañías telefónicas que son tus amigas, te entienden y escuchan.

    Lo que dice el artículo está bien, no lo niego. Nos toca vivir tiempos en los que hay que parecer profesional, o mejor dicho, hay que demostrar en nuestras comunicaciones que somos profesionales. Pero eso tiene un reverso tenebroso: cuando se invierten los papeles, cuando se anuncia una profesionalidad que no existe. Sobre todo en este doscerismo, en el que es tan fácil vender humos.

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    • el 20 abril, 2011 a las 2:50
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      Por supuesto, no querríamos caer en eso con esta entrada. Lo cierto es que el gran mal que la publicidad y el marketing han aportado a nuestro mundo (han aportado otras cosas buenas) es la técnica apropiada para hacer parecer aquello que no es.

      La veracidad de la publicidad está en manos de las personas que la manejan. Pero nos interesa el resultado que ha tenido en la sociedad comercial la evolución de la búsqueda de la imagen perfecta. Todo son estudios de mercado, técnicas de venta contrastadas, etc… y es curioso ver como la aplicación de simples metodologías de atención al cliente (lo más básico) se ignoran o se cubren de subterfugios comerciales.

      Una penita… Ains…

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